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Narrabelle – Stories of Love

Artículo: Entre los trenes

Entre los trenes
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El olor a cobre y lluvia impregnaba el aire de la estación central de trenes de Múnich. Anna-Lena estaba de pie al borde del andén 11, con los dedos apretados alrededor del asa de su maleta. Se sabía el panel de salidas de memoria, pero lo miró fijamente, como si pudiera encontrar allí una respuesta. 18:47 a Fráncfort. Siempre el mismo tren. Siempre el mismo viernes.

Excepto que hoy todo era diferente.

Su corazón latía irregularmente contra sus costillas. Llevaba tres días fuera. Tres días desde que salió del apartamento mientras él estaba de viaje de negocios. Cobarde, quizá. Pero se asfixiaba entre esas cuatro paredes. Había olvidado cómo se sentía su propio pulso.

Su teléfono vibró en el bolsillo de su abrigo. Una y otra vez. No lo sacó. No quería oír su voz, leer sus palabras. No quería sentir un nudo en la garganta al pensar en él.

La multitud la rodeó como el agua, con determinación, sin tocarla. Un anuncio resonó en el aire. Anna-Lena cerró los ojos, intentando respirar.

Entonces ella lo sintió.

No lo vi. Lo sentí.

Un hombre y una mujer están de pie, espalda con espalda, apoyados contra un pilar de hormigón en una plataforma cubierta, mirando seriamente en direcciones opuestas.

Una presencia la presionaba contra el costado como un calor intenso, a pesar de que había al menos un metro entre ellas. Anna-Lena abrió los ojos. Un hombre estaba de pie junto a ella. No demasiado cerca, pero lo suficiente como para que todos sus nervios se despertaran de repente.

Tenía unos cuarenta y pocos años. Abrigo oscuro, empapado por la lluvia. Hombros anchos. Un rostro demasiado llamativo para ser guapo, pero imposible de ignorar. No la miró, pero Anna-Lena sintió su presencia como una segunda piel.

Ella se deslizó medio paso hacia un lado.

La siguió. No de forma obvia. Solo un leve desplazamiento de su peso hacia ella.

—Disculpe —dijo entonces, con una voz profunda, áspera, íntima, que le puso los pelos de punta a Anna-Lena—. ¿Está libre este asiento?

No había banco. Ni sitio para sentarse. Solo una estrecha plataforma.

Anna-Lena asintió de todos modos. Tenía la boca seca.

"Gracias."

Dejó su bolso —de cuero desgastado, con un desgarre en el asa— y se apoyó en la columna. Sus manos desaparecieron en los bolsillos de su abrigo, pero sus ojos... Anna-Lena sintió su mirada como un roce. Como dedos deslizándose sobre su piel sin llegar a tocarla.

¿También vas a Frankfurt?

La pregunta fue formulada en voz baja, pero cortó el aire entre ellos como una cuchilla.

Anna-Lena giró la cabeza. Lo miró con atención por primera vez.

Se le quedó la respiración atrapada en la garganta.

Sus ojos eran oscuros, casi negros bajo esa luz. Cansados, pero con una intensidad que la hacía sentir transparente. Como si él pudiera ver cada mentira que se había dicho a sí misma.

"Sí."

"¿Para fines comerciales?"

"No."

Una pausa. Anna-Lena sintió que algo crecía entre ellas; no tensión, sino electricidad. El aire crepitaba con ella.

“Yo tampoco”, dijo finalmente.

Su mirada recorrió su rostro. Se detuvo en su boca. Solo un segundo, pero suficiente para que Anna-Lena sintiera un nudo en el estómago.

"¿Adónde vamos entonces?" preguntó ella, con una voz que sonaba más extraña de lo que debería.

—A ningún sitio en particular. —La comisura de su boca se alzó. No era exactamente una sonrisa, sino algo más peligroso—. O a cualquier sitio. Depende.

"Eso no es una respuesta."

—No. —Ahora sonrió de verdad: una sonrisa fina, asimétrica y devastadora—. Pero es sincera.

Anna-Lena apartó la mirada porque de repente le pareció demasiado íntimo mirarlo. Su corazón latía demasiado rápido. El marcador parpadeó. Quedaban diez minutos.

"Pareces como si estuvieras huyendo de algo."

Un hombre y una mujer están uno frente al otro en un andén del metro; la mujer levanta la mano vacilante, como si quisiera tocar el rostro del hombre, contra el fondo borroso de las luces del túnel.

Su voz se oía más cerca ahora. ¿Se habría movido? Anna-Lena giró la cabeza y se sobresaltó al ver la poca distancia que los separaba. Podía ver las gotas de lluvia en su abrigo. Olerlas: cuero y algo más oscuro, más picante.

“Tal vez lo haga”, dijo, y sonó como una confesión.

"¿Y entonces? ¿Funciona?"

"No lo sé todavía."

—Entonces eres más honesta que la mayoría. —La miró fijamente—. La mayoría de la gente se miente a sí misma hasta que es demasiado tarde.

Anna-Lena se apoyó en el pilar. El metal estaba helado a través de su chaqueta, pero necesitaba algo sólido detrás de ella. Algo que la sostuviera mientras este extraño la destrozaba con la mirada.

"¿Y tú?", preguntó, aunque su instinto le decía que no debía hacerlo. "¿Tú también te escapas?"

—No. —Negó con la cabeza lentamente, y Anna-Lena observó cómo se movían los músculos de su cuello—. Voy a hacerlo.

"¿A qué?"

"A quien."

La forma en que lo dijo —en voz baja, sin énfasis, pero con una dolorosa certeza— hizo que Anna-Lena contuviera la respiración. Algo se le encogió en el pecho. No envidia. Ansia. De esa certeza. De alguien que la mirara como este hombre pensaba en alguien a quien ella nunca conocería.

¿Por qué me cuentas esto?

—Porque no preguntaste. —Dio medio paso más cerca. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que Anna-Lena sintiera el calor de su cuerpo—. Porque simplemente escuchaste. Muy poca gente hace eso.

Anna-Lena tragó saliva. Tenía la boca completamente seca.

"¿Estas esperando a alguien?"

"Sí."

"¿Por mucho tiempo?"

"Desde siempre."

Las palabras flotaban entre ellos como algo físico. Anna-Lena sintió que el pulso le latía con fuerza en la garganta.

"¿Y si no viene?"

Se inclinó hacia delante, sólo una pulgada, pero lo suficiente para que Anna-Lena sintiera su aliento en su piel.

"Entonces iré de todos modos."

Un silbido rompió el silencio. El tren a Salzburgo llegó. La gente salía en tropel, otros entraban. Anna-Lena no se movió. No podía moverse. Estaba atrapada en ese instante, en ese espacio entre sus cuerpos.

"Eso no es mío", dijo en voz baja.

"Lo sé."

Estaban tan cerca que Anna-Lena pudo ver cómo se le dilataban las pupilas. Cómo su mirada se desviaba hacia su boca. Cómo entreabrió los labios, como si estuviera a punto de decir algo.

Pero no dijo nada.

El tren empezó a moverse. El mundo se deslizó, pero Anna-Lena apenas lo notó. Solo existía este hombre y la atracción imposible entre ellos.

“¿Tienes miedo?” preguntó con voz ronca.

"¿Miedo de qué?"

"Antes de donde vas."

Ella lo miró. Realmente lo miró. Vio las finas líneas alrededor de sus ojos, las canas en sus sienes. La forma en que tensó su mandíbula, como si esperara su respuesta.

"Sí", susurró ella.

Su mano se movió. Apenas salió del bolsillo. Sus dedos colgaban en el aire entre ellos, tan cerca de su brazo que Anna-Lena podía sentir su calor.

—Bien —dijo en voz baja—. El miedo significa que es importante.

Anna-Lena contuvo la respiración. Si se movía, aunque fuera un poquito, sus cuerpos se tocarían. Y no sabía qué pasaría entonces. Solo sabía que algo en su interior lo anhelaba.

—No te conozco —dijo, y sonó como una advertencia. Para él. Para ella misma.

"No."

—Entonces, ¿por qué lo siento así...? —Se interrumpió, tragando saliva—. ¿Como si me entendieras?

Sus dedos se acercaron. Tan cerca que Anna-Lena sintió que cada nervio de su brazo se concentraba en él. En la pregunta de si la tocaría.

"Porque tú lo permites", dijo.

El marcador hizo clic. Quedaban cinco minutos.

Anna-Lena exhaló con un escalofrío. El aire se humeaba frente a su boca.

"No sé si podré subir", susurró y ya no hablaba sólo del tren.

Bajó la mano. No sobre ella, sino a su lado. Sus dedos rozaron el pilar, a escasos milímetros de su brazo.

Primer plano de los perfiles de un hombre y una mujer de pie muy cerca uno del otro en una fría estación de metro, mirándose a los ojos, mientras su aliento se hace visible como vapor en el frío.

"No tienes por qué hacerlo", dijo en voz baja.

"Pero tengo un billete."

"Los billetes pueden dejarse caducar."

"¿Y luego?"

—Entonces... —Se inclinó hacia delante, su rostro tan cerca del de ella que Anna-Lena podía sentir su aliento en los labios—. Entonces cómprate uno nuevo. Para otro tren. Otro día. Otra vida.

Anna-Lena cerró los ojos, pero eso solo empeoró las cosas. Ahora él estaba en todas partes: su olor, su calor, la forma en que vibraba el aire entre ellos.

"No puedo volver atrás", susurró.

"Nadie tiene por qué hacerlo."

"Pero ¿adónde entonces?"

Su voz ahora estaba justo al lado de su oído.

"En algún lugar."

Anna-Lena abrió los ojos. Estaba tan cerca que podía ver las motas doradas en sus iris. El pulso que le latía en el cuello.

"Ni siquiera saben quién soy", dijo.

—No. —Volvió a levantar la mano. Esta vez, sus dedos se posaron sobre su mejilla, sin tocarla, pero ahí—. Pero sé que estás aquí. Que tiemblas. Que no sabes si irte o quedarte. —Una pausa—. Que cada parte de ti está viva, por primera vez en mucho tiempo.

Un silbido. Su movimiento.

El tren a Frankfurt se deslizó hacia su destino. Las puertas se abrieron. La gente subió.

Anna-Lena se detuvo. Su rostro seguía tan cerca del suyo.

"Lo extrañas", susurró.

"Lo sé."

"¿Intencionalmente?"

"No sé."

Sus dedos seguían sobre su piel. Sin tocarla. Pero Anna-Lena los sentía como fuego.

Las puertas se cerraron. El tren empezó a moverse. Se alejó.

Ella no se movió.

Silencio.

El andén estaba casi vacío. Solo ella y él, y ese espacio imposible entre sus cuerpos.

"¿Y ahora?" preguntó Anna-Lena con voz temblorosa.

Su mano finalmente bajó. Pero no se apartó. Ahora flotaba sobre la mano de ella, que agarraba el asa del bolso.

"Ahora", dijo en voz baja, "tú decides lo que quieres".

"No sé lo que quiero."

—Sí, lo haces. —Sus dedos se movieron, rozando sus tobillos, tan suavemente que apenas fue un roce. Pero Anna-Lena lo sintió por todas partes—. Solo tienes miedo de admitirlo.

Ella lo miró. Vio cómo se le tensaba la mandíbula. Cómo su mirada oscilaba entre sus ojos y su boca.

"¿Cuál es tu nombre?" susurró.

"¿Eso importa?"

"Tal vez."

"Entonces dímelo primero."

"Anna-Lena."

Dejó que el nombre se le quedara en la lengua. Su voz le dio un aire íntimo, peligroso.

—Anna-Lena. —Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella, solo por un instante. Luego los soltó—. Perfecto.

"¿Y tú?"

"Llámame como quieras."

"Eso no es una respuesta."

—No. —Su sonrisa era tenue y ávida—. Pero es sincera.

Anna-Lena sacó su teléfono. Tres llamadas perdidas. Cinco mensajes. No leyó ninguno. En cambio, lo apagó —con decisión, para siempre— y lo guardó.

"¿Mejor?" preguntó.

"Encendedor."

"Esto es un comienzo."

Primer plano extremo de un hombre y una mujer de pie frente a frente, separados visualmente por una fina línea vertical o un panel de vidrio, lo que sugiere intimidad y distancia.

Estaban allí, tan cerca que Anna-Lena podía sentir el calor de su cuerpo. La estación de tren se llenaba a su alrededor, pero ella apenas lo notaba. Solo existía este hombre y la forma en que la miraba. Como nadie la había mirado antes.

"¿Sabes qué es lo peor?" susurró Anna-Lena.

"No."

"Que no sé si alguna vez lo amé. O si solo pensé que debía hacerlo." Respiró temblorosamente. "Pero aquí, ahora, contigo... siento algo. Y me asusta."

Sus ojos se oscurecieron.

"¿Cómo te sientes?"

"Dinámico."

La palabra flotaba entre ellos, pesada y peligrosa.

Se acercó un poco más. Solo un centímetro. Pero ahora sus cuerpos casi se tocaban. Anna-Lena sentía que todo su cuerpo lo anhelaba: más cercanía, más contacto, más de lo que fuera aquello.

—Anna-Lena —dijo suavemente, y su tono era de advertencia.

"¿Sí?"

"Si sigues mirándome así..." Se interrumpió y exhaló. "Me costará mucho dejarte ir".

"Tal vez", susurró Anna-Lena, "no quiero ir".

El aire entre ellos vibró.

Levantó la mano. Esta vez no dudó. Sus dedos rozaron su mejilla: cálidos, ásperos, seguros. Anna-Lena cerró los ojos, apoyándose en el tacto.

"No debería tocarte", murmuró.

"¿Por qué no?"

"Porque estás huyendo de algo. Y yo no soy la respuesta."

"¿Cómo lo sabes?"

"Porque nadie es la respuesta. Solo tú."

Anna-Lena abrió los ojos. Su mano seguía sobre su mejilla, y su pulgar le acariciaba suavemente el pómulo.

"Entonces muéstrame", susurró, "qué se siente ser la respuesta".

Algo en su rostro cambió. El control que había mantenido todo el tiempo se rompió por un milímetro.

“Anna-Lena…”

"Por favor."

Levantó la otra mano, agarrándola por la cintura. La atrajo hacia sí hasta que sus cuerpos se tocaron. Anna-Lena respiró hondo. Sintió la firmeza de su cuerpo contra su suavidad. El latido de su corazón contra su pecho.

"Si te beso ahora", dijo bruscamente, "no habrá vuelta atrás".

—Bien —susurró Anna-Lena—. No quiero volver.

Sus ojos buscaron los de ella, oscuros e intensos.

"¿Está seguro?"

—No —dijo sonriendo, temblorosa, pero sincera—. Pero es lo más sincero que he dicho en mi vida.

Se rió en voz baja, sorprendido. Luego bajó la cabeza.

El primer roce de sus labios con los de ella fue suave. Casi vacilante. Como una pregunta.

Anna-Lena respondió hundiendo los dedos en su abrigo y acercándolo más hacia sí.

El beso se profundizó. Se volvió más urgente. Su mano se deslizó entre su cabello, sujetándole la cabeza, mientras su boca tomaba la de ella. Anna-Lena gimió suavemente contra sus labios y sintió que todo su cuerpo se tensaba.

La estación de tren seguía existiendo a su alrededor. La gente pasaba. Los trenes iban y venían. Pero en ese momento, lo único que importaba era ese beso. Esa caricia. La forma en que su cuerpo finalmente, finalmente, se sentía.

Mientras él se retiraba, ambos jadearon.

—Oh, Dios —susurró Anna-Lena.

—Sí. —Su frente reposaba sobre la de ella, con los ojos cerrados—. Exactamente.

"¿Qué hacemos ahora?"

—No lo sé. —Abrió los ojos y la miró—. Pero sé que no puedo dejar que te subas a un tren sin más.

-Entonces no lo hagas.

—Anna-Lena... —Su voz sonaba tensa—. Estoy esperando a alguien.

"Lo sé."

"Ella merece mi espera."

"Lo sé."

—Pero tú... —Su mano le acarició el rostro, con ternura y desesperación a la vez—. Me pareces algo que he buscado toda mi vida.

El corazón de Anna-Lena se rompió y se curó al mismo tiempo.

“Entonces tal vez”, susurró, “ambos estaremos aquí para recordar que aún estamos vivos. Que aún podemos sentir”. Sonrió con tristeza. “Y entonces nos iremos. Ella a ella. Yo a mí misma”.

La miró larga e intensamente.

"Son extraordinarios."

"No. Sólo estoy siendo honesto."

"Es lo mismo."

El panel de información hizo clic. Su tren. Andén 14. Salzburgo.

Él dudó.

"Tengo que irme."

"Lo sé."

"Pero no quiero."

Anna-Lena colocó su mano sobre su pecho, sintiendo su corazón acelerado.

—Entonces vete de todos modos. Por ella. Por lo que te hace esperar.

Cerró los ojos y presionó su mano con más fuerza contra su pecho.

"¿Nos volveremos a ver?"

"Sólo si el universo lo quiere."

Se rió, dolorosamente y hermosamente.

"Eso no es una respuesta."

—No —dijo ella sonriendo—. Pero es sincero.

Se inclinó y la besó de nuevo. Esta vez con más dulzura, pero no menos intensidad. Un beso de despedida. Una promesa. Un recuerdo.

Mientras se retiraba, le sostuvo la mano por un momento.

“¿Anna-Lena?”

"¿Sí?"

"Gracias."

"¿Para qué?"

"Que me demostraste que todavía puedo sentir."

Entonces lo soltó. Tomó su bolso. Fue a las escaleras.

Se dio la vuelta una última vez.

"Vive", dijo. "Vive con fuerza, con valentía y honestidad".

"Lo haré."

Luego desapareció.

Anna-Lena estaba sola en el andén. Sus labios aún ardían por el beso. Su corazón latía con fuerza. Sus manos temblaban.

Pero ella se sentía viva.

Ella fue al mostrador de venta de billetes y compró un billete nuevo.

No a Frankfurt.

Hacia Salzburgo.

Quizás lo vería. Quizás no.

Pero ella tenía que intentarlo.

El tren salió a las 19:03.

Anna-Lena subió al tren y se sentó junto a la ventana. Observó a la multitud buscando su rostro.

Y allí, en el andén 14, estaba él, con la mirada dirigida hacia otro andén.

Espera.

Anna-Lena apoyó la frente contra el cristal. No iría con él. No interrumpiría su espera.

Una mujer que lleva un pañuelo rosa está sentada sola en un tren, mirando pensativa y melancólicamente a través de la ventana hacia el crepúsculo azul, donde se reflejan las luces.

Pero ella viajaría en el mismo tren. Respiraría el mismo aire. Recordaría ese momento en el andén cuando dos personas rotas se reencontraron. Solo por un instante. Lo suficiente para recordar lo que significaba estar vivo.

El tren empezó a moverse.

Anna-Lena cerró los ojos.

Y sonrió.

En algún lugar del mismo tren, un hombre estaba sentado junto a la ventana. Tenía el móvil oscuro en la mano.

Aún no hay noticias.

Pero en su mente: el sabor de los labios de Anna-Lena.

El recordatorio de que esperar no significa no vivir.

A veces la respuesta estaba en la pregunta misma.

Miró por la ventana. Las luces de la ciudad pasaban.

Y por primera vez en años, la espera ya no parecía una parada.

Pero como el comienzo de algo nuevo.

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