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Narrabelle – Stories of Love

Artículo: Vestido rojo, número equivocado

Vestido rojo, número equivocado

Vestido rojo, número equivocado

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El mensaje llegó a las 23:47.

*Esta noche llevo el vestido rojo. El que me regalaste.*

Maren miró fijamente la pantalla. El brillo de la pantalla era la única fuente de luz en su dormitorio. Afuera llovía; no con fuerza, solo esa lluvia constante y densa que envolvía la ciudad en algodones.

Ella leyó el mensaje de nuevo.

Luego el numero.

Desconocido.

Su pulgar se cernía sobre el teclado. Simplemente no podría haber respondido. Borrado. Olvidado. Vuelve a dormir.

Pero había algo en esa frase. Una intimidad que parecía abrir un correo sin querer. Un vestido. Rojo. Un regalo. La imagen se formó sola: tela deslizándose sobre la piel. Alguien vistiéndose para ser visto.

Maren escribió.

*Número equivocado.*

Ella lo envió antes de poder arrepentirse.

La respuesta llegó inmediatamente.

Oh Dios. Lo siento.

Luego, tres segundos después:

*Que vergüenza.*

Maren sonrió. El calor de la pantalla irradiaba a través de su palma. Afuera, la lluvia arreciaba, como si hubiera estado esperando este momento.

Podría haberlo dejado así.

"No hay problema", escribió. "Sucede".

Pausa.

*Espero que quien lo vea quede impresionado.*

Ella lo envió y contuvo la respiración.

Los tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Reaparecieron.

*Yo también lo espero.*

Maren se incorporó. Su pulso era un latido débil bajo el silencio. No sabía por qué seguía escribiendo. Quizás porque la voz tras las palabras sonaba femenina, cálida, un poco avergonzada. Quizás porque la noche estaba demasiado tranquila y la lluvia demasiado cerca.

"El rojo es atrevido", escribió.

*O desesperada*, fue la respuesta.

Maren rió suavemente. El sonido le resultó extraño en la oscuridad de su habitación.

*¿Por qué desesperar?*

*Porque lo he tenido colgado en mi armario durante meses y nunca he tenido el coraje de usarlo.*

*¿Y esta noche?*

*Esta noche es diferente.*

El mensaje quedó en el aire como una pregunta que no estaba permitido formular.

Maren dudó. Sus dedos tocaron el teclado, pero no escribió. Afuera, pasó un coche, sus faros se deslizaron por el techo y desaparecieron.

*¿Por qué?*, escribió finalmente.

La respuesta tardó en llegar. Tanto, de hecho, que Maren pensó que se había excedido. Entonces:

*Porque me encontraré con alguien que no me conoce.*

Maren leyó la frase tres veces.

*¿Y quieres que te vea así?*

Quiero verme así.

Escribieron toda la noche.

No de forma continua; a veces pasaban minutos entre mensajes, a veces solo segundos. Pero la conversación había encontrado un ritmo, una especie de silencio entrecortado, en el que ambos parecían saber cuándo continuar y cuándo hacer una pausa.

El nombre del extraño era Lena.

Contó su historia en fragmentos: Una cita con alguien que conoció por internet. Tres semanas de mensajes. Conversaciones inteligentes. Él escribía frases completas y hacía preguntas que demostraban que la escuchaba. Pero ella estaba nerviosa. No por él, sino por ella misma.

"Soy buena escribiendo texto", escribió Lena. "Peor siendo humana".

Maren entendió esto más de lo que quería admitir.

—Quizás el vestido rojo sea tu armadura —respondió ella.

*O mi bandera blanca.*

El mensaje venía con un emoji de risa, pero Maren sintió que había verdad debajo.

*¿Por qué una bandera?*

*Porque voy a dejar de esconderme.*

Maren se puso el teléfono sobre el pecho y miró al techo. La lluvia había amainado. Solo una gota suave golpeó el alféizar de la ventana.

Pensó en Lena con un vestido rojo. La imaginó frente al espejo, quizás insegura, quizás desafiante. Quizás ambas cosas a la vez. Imaginó la tela deslizándose sobre su piel, viéndose por primera vez en mucho tiempo.

Su teléfono vibró.

¿Y tú? ¿Qué haces a medianoche?

Maren sonrió.

*Enviando mensajes de texto sobre vestidos rojos a un extraño.*

*Suena peligroso.*

*O solitario.*

La respuesta llegó rápidamente.

*Ambos.*

Pausa. Luego:

*Pero quizás también sea hermoso.*

Maren sintió que algo se abría en su pecho. Algo cálido, inesperado.

"Sí", escribió. "Quizás incluso hermosa".

Lena le envió una foto a la mañana siguiente. No era de ella, solo una imagen recortada. La tela del vestido, colgando del borde del respaldo de una silla. Seda, pensó Maren, de un rojo intenso como el vino añejo. La luz caía sobre ella de tal manera que la tela casi parecía brillar.

*Anexo A*, decía debajo.

Maren estaba sentada a la mesa de la cocina, con una taza de café en la mano, fría hacía tiempo. Miró la imagen más tiempo del necesario, pasando el dedo por la pantalla como si pudiera sentir la tela.

*Parece caro.*

*Lo fue.*

*Entonces deberías usarlo.*

*No estoy seguro si estoy listo.*

Maren se recostó. El sol de la mañana se filtraba oblicuamente por la ventana, bañándolo todo con un suave dorado. Escribió lentamente.

*¿Listo para qué?*

La respuesta llegó diez minutos después.

*Por verse.*

Maren lo entendió. Lo entendió tan bien que le dolió.

*A veces*, escribió, *lo más valiente que podemos hacer es permitir que alguien nos mire.*

¿Hiciste eso?

La pregunta la tomó por sorpresa. Maren se quedó mirando las palabras, con el corazón latiendo un poco más rápido.

"No", escribió después de un rato. "No con la suficiente frecuencia".

*¿Por qué no?*

Porque es más fácil ser invisible. Más seguro.

*Pero más solo.*

Sí. Pero más solo.

El mensaje quedó sin respuesta por un tiempo. Entonces:

*Quizás ambos deberíamos ser más valientes.*

Nunca se conocieron.

Pero tampoco dejaron de escribir.

Lena le contó sobre la cita. Cómo había sido puntual. Cómo le había sonreído al verla. Cómo le había dicho: «Estás guapísima», sin que le pareciera mal.

"¿Y?" preguntó Maren. "¿Estuvo bueno?"

*Estuvo bien.*

*Agradable es una palabra peligrosa.*

*Lo sé.*

Pausa.

*He estado pensando en ti todo el tiempo.*

Maren miró fijamente el mensaje. La pantalla parpadeó levemente, como si respirara con ella. De repente, sintió la boca seca.

*¿Por qué?*

Porque fuiste la única que me preguntó por qué llevaba el vestido. No cómo era. Por qué.

Maren tragó saliva. Sus manos temblaban ligeramente.

¿Y entonces? ¿Por qué lo usaste?

La respuesta llegó como mensaje de voz.

Maren dudó. Su pulgar se cernió sobre el botón de reproducción. Luego lo presionó.

La voz de Lena era más baja de lo que esperaba. Un poco ronca. Como si hubiera estado llorando o no hubiera hablado en mucho tiempo. Pero era una voz hermosa, cálida, con una vulnerabilidad que dejó a Maren sin aliento.

Porque estaba cansada de ser invisible. Quería recordarme que soy más que solo... seguridad. Que puedo ser valiente. Aunque solo sea por una noche.

La forma de onda del mensaje permaneció en la pantalla después de que la voz se desvaneció.

Maren lo volvió a tocar. Y otra vez. Cerró los ojos y dejó que las palabras la inundaran, sintiendo su peso, la verdad.

Luego envió su propio mensaje de voz.

"Creo que eres la persona más valiente que conozco. Y ni siquiera te conozco."

La respuesta llegó en forma de texto.

Sí. Me conoces. Quizás mejor que la mayoría.



Las semanas pasaban, pero las noticias no cesaban.

Se escribían por las mañanas, tomando café. A la hora del almuerzo, durante el descanso. Por la noche, cuando el resto del mundo dormía. A veces sobre cosas importantes: sobre miedos, sueños y cosas que no podían decir en voz alta. A veces sobre nada: sobre el clima, sobre música, sobre el café demasiado amargo o la película demasiado larga.

Pero cada mensaje era como un toque. Como una mano tendida. Como alguien que decía: «Estoy aquí. Te veo».

Y Maren se dio cuenta de que empezaba a esperarlo. No solo por los mensajes, sino por la sensación que le traían. Ese cosquilleo cuando su teléfono vibraba. Esa calidez cuando el nombre de Lena aparecía en la pantalla.

Se dio cuenta de que empezaba a extrañar a Lena. Una mujer a la que nunca había conocido. Una voz que solo existía en mensajes de texto y mensajes de voz cortos.

Pero se sentía real. Más real que mucho de lo que había experimentado en años.

"Creo que me gustas", escribió Lena una noche.

Maren yacía en la cama, con el móvil sobre el pecho. El corazón le latía muy fuerte.

"Creo que también me gustas", respondió ella.

*Esto es peligroso.*

*¿Por qué?*

Porque no sé si es real. Si no nos conocemos. Si no nos hemos tocado.

Maren cerró los ojos. Sintió el peso de las palabras.

"¿Se siente real?" preguntó ella.

La respuesta llegó inmediatamente.

Sí. Tan real que me asusta.

*Yo también.*

Pausa. Luego:

*¿Qué hacemos ahora?*

Maren respiró hondo. Contuvo el aire. Exhaló lentamente.

"Podríamos encontrarnos", escribió.

Los tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Reaparecieron.

*Tengo miedo.*

*Yo también.*

*¿Tienes miedo de qué?*

*Que no es tan bueno como esto.*

*O que es mejor.*

Maren sonrió, aunque nadie podía verla.

Sí. O que es mejor.

Tres semanas después, Lena envió otro mensaje.

*Tengo una pregunta.*

"Adelante, dispara", respondió Maren.

*¿Por qué nunca me preguntaste cómo era?*

Maren estaba sentada en su escritorio. El trabajo yacía intacto frente a ella. Afuera estaba nublado, el aire pesado y húmedo, como si estuviera a punto de llover de nuevo.

*Porque no me importa*, escribió.

*Mentir.*

*Está bien. Porque tengo miedo de que dejes de ser real cuando te vea.*

La respuesta llegó inmediatamente.

*Eso es lo más honesto que alguien me ha dicho jamás.*

Maren se quedó mirando las palabras. Su corazón latía demasiado fuerte.

“¿Quieres conocerme?” preguntó Lena.

La pregunta flotaba en el aire como humo. Maren casi podía sentir su peso.

*No sé.*

*¿Por qué no?*

Porque esto funciona aquí... Y no sé si funcionará cuando estemos cara a cara.

*Tal vez sea mejor.*

*Tal vez sea peor.*

Pausa.

*O quizás simplemente sea diferente. Y eso está bien.*

Maren se recostó. Cerró los ojos. Sintió el miedo en el pecho, el latido de su corazón. Pero debajo de todo eso había algo más. Algo más fuerte.

Anhelo.

"Está bien", escribió. "Nos vemos".

*¿En realidad?*

*Sí, en serio.*

*¿Cuando?*

*Pronto. Antes de que cambie de opinión.*

La respuesta llegó como mensaje de voz. Maren presionó "reproducir".

La voz de Lena era suave, casi un susurro. Pero sonaba feliz. Nerviosa. Viva.

"Está bien. Estoy feliz. Tengo mucho miedo. Pero estoy feliz."

Maren sonrió y envió su propio mensaje de respuesta.

"Yo también. Para ambos."

Se conocieron en un café en las afueras de la ciudad.

Maren llegó temprano. Pidió un espresso, que no se bebió, y se quedó mirando la puerta. Afuera, el cielo estaba gris pero seco. El aire olía a café y asfalto húmedo.

Cada vez que se abría la puerta, su corazón daba un vuelco. Siempre era alguien diferente.

Y entonces apareció Lena.

Ella llevaba el vestido rojo.

Maren lo reconoció al instante: la caída de la tela, el color que brillaba incluso en la penumbra del café. Pero no fue el vestido lo que la dejó sin aliento.

Era Lena.

Cabello rubio oscuro que le caía sobre los hombros. Ojos verdes que escudriñaban la habitación, inseguros, esperanzados. Un rostro delgado, hermoso de una manera serena y discreta. Y entonces, cuando vio a Maren, esa sonrisa, vacilante, pero genuina.

Lena se detuvo en la puerta. Sus ojos se encontraron con los de Maren, y por un instante ninguna de las dos se movió.

Entonces Lena caminó lentamente hacia ella.

—Eres tú —dijo Lena acercándose. Su voz era la misma que en los mensajes, pero de alguna manera más viva, más tangible.

—Soy yo —confirmó Maren. Su propia voz le sonaba extraña.

Se quedaron uno frente al otro. No lo suficientemente cerca como para tocarse. Pero sí lo suficientemente cerca como para respirar. Lo suficientemente cerca como para ver el pecho de Lena subir y bajar, más rápido de lo normal.

"Ese vestido te queda genial", dijo Maren. Y lo decía en serio. No solo era precioso, sino perfecto. Le sentaba a Lena como si fuera el destino.

—Lo sé. —La voz de Lena tembló levemente—. Me ayudaste a creerlo.

Maren tragó saliva. Había tanto que quería decir. Tanto que no podía expresar. Le temblaban las manos, así que las juntó tras la espalda.

Pero Lena sonrió. Y era la misma sonrisa que había resonado en la letra: cálida, un poco insegura, pero genuina. Tan genuina que dolía.

“¿Puedo sentarme?” preguntó Lena.

"Por favor."

Se sentaron. La mesa que los separaba era pequeña. Sus rodillas casi se tocaban, y cuando ocurrió —un contacto breve y accidental— Maren se estremeció. No de miedo. De algo más.

—Tengo miedo —dijo Lena al cabo de un rato. Se miró las manos, que estaban sobre la mesa, con los dedos entrelazados.

"Yo también."

"¿Miedo de qué?"

"Que esto no es tan bueno como los textos."

Lena rió suavemente. Parecía alivio. "Eso es exactamente lo que pensé."

"¿Y bien?", preguntó Maren. "¿Está bueno?"

Lena levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Maren, abrazándola con fuerza.

"Está mejor", dijo en voz baja.

A Maren se le quedó la respiración atrapada en la garganta.

"¿En realidad?"

—Sí. —Lena sonrió, y esta vez con más amplitud, con más seguridad—. Puedo verte. Tus ojos. La forma en que me miras. Eso... eso no se puede escribir.

Maren sintió que el calor aumentaba en su interior y que su pulso se aceleraba.

"¿Cómo te miro?" preguntó, aunque no estaba segura de si quería escuchar la respuesta.

La sonrisa de Lena se suavizó. «Como quien también tiene miedo. Pero se queda».

Afuera, empezó a llover de nuevo. Ligeramente, solo un suave cosquilleo contra la ventana. El sonido era familiar, reconfortante.

Lena extendió la mano sobre la mesa. La dejó abierta, con la palma hacia arriba. Una invitación. Una pregunta.

Maren los miró. Las líneas, la calidez, la posibilidad.

Luego metió su propia mano dentro.

El contacto fue tentativo. Cauteloso. Como si sujetaran algo frágil. Pero cuando los dedos de Lena se cerraron sobre los suyos, cálidos y firmes, sintió algo que siempre había estado ahí. Como volver a casa.

"Gracias", susurró Lena.

"¿Para qué?"

"Que preguntaste por qué."

Maren le apretó la mano suavemente. "Gracias por responder".

Se quedaron así un rato, con las manos entrelazadas, mientras afuera llovía y el mundo se encogía. Lo suficientemente pequeño para dos personas que acababan de encontrarse, pero que sentían como si se conocieran de toda la vida.

"¿Qué hacemos ahora?" preguntó finalmente Lena.

Maren sonrió. "Podríamos empezar a conocernos de verdad".

"Ya nos conocemos."

"Sí. Pero ahora también podemos sentirlo."

A Lena se le llenaron los ojos de lágrimas, pero sonrió. "Me encantaría".

"Yo también."

Afuera llovía con más fuerza. Pero dentro hacía calor. Y silencio. Y por fin, por fin, cerca.

Y cuando Lena se inclinó hacia adelante, lenta y cautelosamente, con claras intenciones, Maren no se apartó. Se inclinó hacia adelante, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho, y cuando sus labios se encontraron, suave, vacilante, a la perfección, supo:

Esto fue real.

Este fue el comienzo.

Valía la pena tener miedo de esto.

Y valió aún más la pena superarlos.

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