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Narrabelle – Stories of Love

Artículo: Vernissage de la tentacion

Vernissage de la tentacion
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Había dudado mucho sobre si cancelar. Las inauguraciones de arte no eran lo suyo; su dominio eran los planos, las paletas de colores, las muestras de materiales y los conceptos de iluminación. Pero Carla, su mentora, había insistido: «Necesitas rostros, Elena. No solo proyectos. Los mejores encargos nunca surgen de estar sentada en un escritorio». Así que allí estaba, sintiendo la seda entre los dedos, intentando ignorar el nerviosismo que se le instalaba en el estómago.

El vestido se deslizaba sobre su piel como agua. Se miró al espejo: su cabello oscuro caía suelto sobre sus hombros, su maquillaje era discreto, solo sus labios resaltaban con un rojo mate. Se observó y reconoció a la mujer que intentaba ser: segura de sí misma, profesional, inalcanzable. Una mujer que tenía el control.

La galería estaba a pocos pasos. Caminó, dejándose acariciar por la cálida brisa, respirando la ciudad: el jazmín de un balcón, el café tostado de una cafetería aún abierta, las risas lejanas de la gente en las terrazas. El sol estaba bajo, bañando las fachadas con una luz ámbar.

Se detuvo un instante frente a la galería. A través de los grandes ventanales, pudo distinguir las siluetas de los invitados, cuyos movimientos parecían sombras en un acuario. Cerró los ojos brevemente, se recompuso y luego subió los escalones.

La galería era un espacio amplio y luminoso. Paredes blancas, techos altos, suelo de parqué que crujía suavemente bajo sus pasos. Los cuadros eran de gran formato, abstractos, llenos de movimiento y emoción: capas de color que parecían música congelada. Había gente por todas partes, en pequeños grupos, sus voces fundiéndose en un agradable murmullo. Elena cogió una copa de champán de una bandeja y dio un pequeño sorbo. La efervescencia le cosquilleó la lengua.

Se movía lentamente por la habitación, intentando hacerse invisible sin dejar de estar presente. Miraba las fotografías sin verlas realmente, oía fragmentos de conversaciones sin prestar atención. Era como si caminara por un mundo onírico, medio aquí, medio en otro lugar.

Y entonces la vio.

Dos hombres estaban de pie frente a un cuadro monumental al fondo de la sala. Uno —alto, delgado, con sienes canosas y un perfil esculpido como de mármol— gesticulaba con elegancia. Vestía un traje gris oscuro, impecablemente confeccionado, y llevaba la corbata floja. El otro —más joven, moreno, con cierta inquietud en su postura— escuchaba atentamente, con las manos en los bolsillos y una sonrisa en los ojos. No llevaba chaqueta, solo una camisa blanca con las mangas remangadas.

Una mujer está de pie en una galería de arte frente a una gran pintura abstracta azul y dorada, conversando con dos hombres con traje de negocios que la flanquean.

Elena sintió algo que no podía definir. No era solo atracción, era un reconocimiento, una repentina comprensión de que algo existía en esa habitación, atrayéndola como un imán. Intentó apartar la mirada, pero sus ojos volvían una y otra vez a los dos hombres.

El cuadro que tenían ante sí era una sinfonía de azules y dorados. Formas abstractas que evocaban olas, tormentas, las profundidades del océano. Elena se acercó, como atraída por el cuadro, no por los hombres. Quería creer que era el cuadro.

"Una pieza fascinante, ¿verdad?"

La voz provino de su lado, profunda y refinada, con un ligero acento que no pudo identificar. Elena se estremeció. El mayor de los dos hombres estaba a su lado, tan cerca que podía percibir su colonia: un aroma amaderado, cálido y masculino, mezclado con el de un buen vino.

—Marcus Thorne —dijo, extendiendo la mano. Tenía los ojos grises, inteligentes, con finas arrugas en los bordes. —Y este —señaló a su acompañante, que también se acercaba— es David Laurent. Un valioso colega y amigo.

—Elena Winter —respondió, sintiendo que su voz sonaba más fuerte de lo que se sentía. La mano de David estaba cálida al estrechar la suya; su agarre era firme, pero no dominante. Sus ojos eran marrones, casi negros, y sostuvieron su mirada un instante más de lo necesario.

—Parece que no solo miras la foto, sino que la analizas —dijo David con un tono juguetón—. ¿Diseñador de interiores?

Elena sonrió involuntariamente. "¿Soy tan obvia?"

—Solo para alguien que sepa leer espacios y personas —respondió Marcus—. Yo soy el dueño de esta galería. David es arquitecto. Dedicamos nuestras vidas a observar cómo interactúan las personas con los espacios.

Comenzaron a hablar. Primero sobre la pintura: sobre la teoría del color, sobre el impacto emocional de la abstracción, sobre el artista que vivía en Barcelona y exponía solo una vez al año. Luego sobre arquitectura, sobre la diferencia entre diseñar y crear, sobre proyectos y sueños. Marcus habló de su galería en París, David de un proyecto de construcción en Copenhague. Elena habló de un loft que acababa de terminar, del reto de combinar modernidad y calidez.

La conversación fluyó como el champán que bebían. Elena sintió que sus hombros se relajaban; el hormigueo inicial dio paso a una agradable calidez. Los dos hombres eran atentos, encantadores sin ser intrusivos. Hacían preguntas, escuchaban y se elogiaban mutuamente con una familiaridad que denotaba años de conocimiento.

Pero había algo más. Una tensión, sutil como el aroma a clavo en una habitación. Elena la sentía en la forma en que la mano de Marcus rozaba a veces su espalda mientras la guiaba hacia otro cuadro; un roce que duraba demasiado para ser accidental. La sentía en la mirada de David, que recorría sus hombros, sus manos, la forma en que sostenía la copa de champán. No había nada tosco, nada intrusivo; solo una atención constante y palpitante que la envolvía como una segunda piel.

La galería se fue vaciando poco a poco. Los invitados se despidieron y las voces se fueron apagando. La luz parecía volverse más cálida, más dorada. Elena se encontraba entre Marcus y David, y por primera vez esa noche, se permitió sentir la situación de verdad. Estaba entre dos hombres que no conocía y sintió una atracción que no podía controlar.

—¿Tienes hambre? —preguntó finalmente Marcus. Su voz era suave, casi casual, pero sus ojos decían otra cosa—. Hay un hotel cerca con un bar excelente. Podríamos seguir la velada.

Elena sabía lo que significaba aquella invitación. No era una mujer ingenua. Había visto las miradas, sentido las caricias, percibido la tensión eléctrica que vibraba entre ellos. Podía marcharse ahora, despedirse cortésmente, dar por concluido aquel encuentro, una velada agradable, y olvidarse del asunto para siempre.

Pero ella no quería irse.

«¿Por qué no?», se oyó decir. Su voz era tranquila, pero su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que ambos lo habían oído.

Los ojos de Marcus se oscurecieron notablemente. David sonrió, una sonrisa lenta y cómplice, y asintió casi imperceptiblemente.

Una mujer con un vestido de seda claro camina por un callejón empedrado al atardecer entre dos hombres con traje, iluminada por cálidas farolas.

Los tres caminaban juntos. La noche era templada, las calles bullían de vida nocturna veraniega. Elena caminaba entre los dos hombres, sintiéndose extrañamente protegida y expuesta a la vez. Nadie hablaba. El silencio era denso, cargado de posibilidades tácitas.

El hotel era uno de esos venerables edificios antiguos con escaleras de mármol y lámparas de araña, que exudaban discreción y elegancia. Entraron en el vestíbulo y Elena sintió el aire fresco sobre su piel acalorada. Marcus la condujo hasta el ascensor y pulsó el botón. Las puertas se abrieron con un suave zumbido.

Los tres estaban en el ascensor. Marcus detrás de ella, David delante. El espacio era pequeño, íntimo. Elena podía sentir el aliento de Marcus en su nuca, podía sentir el calor de su cuerpo sin que la tocara. David estaba frente a ella, con la mirada fija en su rostro. Nadie dijo una palabra.

El trayecto duró segundos, pero pareció una eternidad. Elena sintió que algo en su interior se abría, una puerta que siempre había mantenido cerrada con llave. Pensó en su vida: el control que ejercía sobre todo, los planes que había trazado, la seguridad que se había forjado. Y se preguntó qué sucedería si, aunque solo fuera por un instante, renunciara a ese control.

Las puertas del ascensor se abrieron. El pasillo estaba vacío, bañado por una luz tenue. Sus tacones resonaron sobre el suelo de mármol, el único sonido en el silencio. Caminaron hasta una puerta al final del pasillo. Marcus sacó una tarjeta de acceso de su chaqueta y abrió la puerta.

La suite era una habitación de lujo discreto: madera oscura, cortinas pesadas, una cama que parecía demasiado grande para una sola persona. La ciudad brillaba a través de las ventanas, millones de luces como estrellas fugaces.

Elena entró y oyó la puerta cerrarse tras ella. Se giró y miró a los dos hombres. Marcus estaba apoyado en la puerta, con las manos en los bolsillos, la mirada tranquila y expectante. David estaba más cerca, con la mirada inquisitiva.

—Puedes irte cuando quieras —dijo David en voz baja—. Esto es justo lo que tú quieres que sea.

Elena exhaló larga y profundamente. Sintió cómo la tensión en su cuerpo se liberaba, volviéndose a la vez más ligera y más pesada. Se acercó a David y, sin pensarlo, lo besó.

El beso fue suave al principio, exploratorio, como el de dos desconocidos aprendiendo un idioma. Luego se intensificó. Elena sintió las manos de David en su cabello, en su espalda, y luego sintió a Marcus detrás de ella, sus labios sobre su hombro, sus manos en sus caderas.

Una mujer con un vestido claro se apoya en un ventanal por la noche con vistas a las luces borrosas de la ciudad, mientras dos hombres están de pie hablando al fondo de la habitación.

La noche fue larga y repleta de momentos que se grabarían a fuego en su memoria. Caricias que la hicieron temblar. Besos que la dejaron sin aliento. Manos sobre su piel, labios en su cuello, susurros al oído. No era solo físico; era una especie de diálogo, un dar y recibir, un descubrimiento y una pérdida. Elena se sentía viva como había olvidado que existía.

Un rato después, cuando los primeros rayos del alba se filtraron entre las cortinas, Elena yacía entre los dos hombres, con los cuerpos cálidos y relajados. Nadie habló. No había nada que decir.

Sabía que aquello no era una historia de amor. Era un instante, ajeno al tiempo, un regalo que se había hecho a sí misma. Había aprendido que el control no significaba planearlo todo; a veces, controlar significaba dejarse llevar.

Al marcharse más tarde, con la ciudad aún sumida en la quietud de la madrugada, Elena sintió que había cambiado. No drásticamente, no de forma fundamental, sino sutilmente, como un cambio en la luz. Había cruzado una frontera y encontrado algo que no buscaba: una nueva forma de comprenderse a sí misma.

El verano terminaría, y esta noche se convertiría en un recuerdo, pero uno que no olvidaría. El recuerdo de una noche en la que había roto todas las reglas y, al hacerlo, se había encontrado a sí misma.

 

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