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Narrabelle – Stories of Love

Artículo: Muerto desde 1984

Muerto desde 1984
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Cierra los ojos y comienza a soñar.

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Montreal, marzo de 1987. La casa victoriana de la Rue Saint-Denis se ha mantenido durante décadas entre dos mundos, demasiado vieja para los modernizadores, demasiado ruinosa para los nostálgicos. Las tablas del suelo crujen en un idioma que ya nadie entiende. Las ventanas están cegadas por el frío, tanto por dentro como por fuera.

Nadia encuentra la habitación en el segundo piso un jueves. La casera, una mujer de ojos cansados ​​y un cigarrillo que nunca se apaga, le muestra la habitación con un gesto que lo explica todo y nada.

"Tres meses de antelación. Sin fiestas. El otro inquilino es tranquilo."

"¿Qué tan silencioso?"

"Apenas lo notarás."

Eso es una mentira, pero no una mentira maliciosa.

La primera noche, Nadia oye pasos. No son los pesados ​​golpes de un hombre que vuelve a casa, sino el subir y bajar constante de alguien que no puede dormir. Se pone de lado y cuenta los intervalos. Siete pasos. Pausa. Siete pasos atrás.

La cocina no huele a café por la mañana.

Ella lo nota porque la taza está sobre la mesa, humeante, negra, intacta.

"Buenos días", dice ella al vacío.

—Buenos días. —La voz viene del pasillo. Seca, sin melodía.

Se apoya en la pared junto a la puerta, con los brazos cruzados. Theo. Así se presenta, sin extender la mano. Lleva un jersey negro de cuello alto, como si todavía fuera invierno, y quizá para él lo sea.

"Hiciste café."

"Sí."

"¿No lo estás bebiendo?"

"Me gusta el olor."

Es bastante extraño que Nadia no haga más preguntas. Se sirve una taza. El café está perfecto. Demasiado perfecto para alguien que no lo está tomando.

Theo no está allí durante el día. O sí, pero invisible. Nadia está trabajando en su tesis sobre la arquitectura de los barrios obreros victorianos de Montreal. Está sentada a la mesa de su habitación, rodeada de fotografías y planos, y a veces, solo a veces, siente que alguien está detrás de ella.

Cuando se da la vuelta, no hay nadie. Pero el aire se siente diferente. Más denso. Como si alguien acabara de exhalar.

Al séptimo día, ella lo confronta.

Es tarde. Sale de la biblioteca, con los dedos entumecidos por el frío, y lo encuentra en la cocina. Está de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos, mirando la calle, aunque no hay nada que ver excepto aguanieve.

"Teo."

Él no se da la vuelta.

"Nunca te duchas. Nunca cocinas. Nunca te he visto dormir."

"Tengo el sueño ligero."

"Eso no es una respuesta."

Silencio. El refrigerador zumba. Un grifo gotea en alguna parte.

"Estás muerto, ¿verdad?"

Se da la vuelta. Lentamente. Sus ojos son oscuros, no amenazantes, pero están exhaustos de una manera que no tiene nada que ver con la falta de sueño.

"Desde 1984."

Nadia espera que su corazón dé un vuelco, que entre en pánico. En cambio, simplemente asiente.

"¿Infarto de miocardio?"

"Sí. Tenía 32 años."

"Y te quedaste aquí."

Morí aquí. En la escalera, bajando. Nadie me encontró hasta que fue demasiado tarde.

Se sienta en la silla de la cocina. Le tiemblan las piernas, pero no de miedo. De algo más. De alivio, quizá. De que no está loca. De que lo que había sentido era real.

"¿Por qué no puedes irte?"

—No lo sé. —Su voz se apaga—. O no lo sabía. Hasta que llegaste.

Empiezan a pasar tiempo juntos. Sin intención. Simplemente ocurre. Nadia trabaja de noche porque el silencio la ayuda a pensar, y Theo está despierto por la noche porque siempre lo está. Conoce la casa al dedillo, las grietas de las paredes, los lugares donde se desmorona el yeso, la historia de cada habitación.

"Aquí vivía una familia con cuatro hijos", dice, señalando un rincón de la sala. "La madre se sentaba junto a la ventana a coser. Todas las noches."

"¿Cómo lo sabes?"

"Yo fui el arquitecto. Yo diseñé esta casa."

Nadia lo mira fijamente.

"¿Lo construiste?"

"No. Yo lo dibujé. Alguien más lo construyó. Pero yo planifiqué cada centímetro."

Ahora entiende por qué se quedó. No por deber. Por amor. Ese sentimiento silencioso y tácito que los arquitectos tienen por sus edificios, como si fueran niños que liberan al mundo y nunca vuelven a ver.

"Ayúdame", dice una noche.

"¿Dónde?"

Con mi trabajo. Ya sabes la historia. Necesito fuentes que ya no existen.

Él duda. Luego asiente.

Pasan las semanas. Nadia aprende a percibir su presencia. El ligero descenso de temperatura al entrar en una habitación. El olor a papel y madera vieja que lleva consigo, aunque solo pueda tocarla a ella.

Lo descubren por casualidad. Ella tropieza con una pila de libros y él la atrapa. Su mano alrededor de su muñeca. Fría, pero firme. Real.

Ambos miran el tacto. Luego se miran el uno al otro.

"¿Cómo?"

"No sé."

Pero ambos lo saben. Es ella. Su vitalidad. Su calidez. Ella lo hace visible. Tangible. Casi humano.

Después de eso, se tocan más a menudo. Pequeñas cosas. Sus dedos apartándole un mechón de pelo de la cara. Su mano deslizándose sobre su brazo, solo para sentir su presencia. No es sexual. Todavía no. Pero es íntimo. Una intimidad que se siente peligrosa porque no tiene futuro.

En abril, Nadia encuentra una carta en el cajón de su escritorio, la única que no debería abrir. La carta está sin abrir, con la tinta descolorida. La dirección es la de la casa. La remitente es una mujer llamada Claire.

"¿Quién es ella?"

Theo está sentado en el alféizar de la ventana. Afuera llueve. El agua corre por el cristal como lágrimas que el cristal derrama, no él.

"Alguien que conocía."

"Alguien a quien amabas."

"Sí."

La palabra yace entre ellos como una piedra.

"Y tú la estás esperando."

—No. —Se vuelve hacia ella—. Eso es lo que creí. Durante años. Que estaba aquí porque nunca le dije lo que sentía. Que tenía que quedarme hasta que regresara para poder decirlo en voz alta.

"¿Pero?"

"Ella nunca regresó. Y en algún momento, dejé de esperar."

Nadia sintió una opresión en el pecho. No eran celos. Era algo peor: esperanza.

"Entonces ¿por qué sigues aquí?"

"Porque te estaba esperando."

El aire desaparece de la habitación. O está respirando demasiado rápido. No lo sabe.

"Eso no es justo."

"Lo sé."

"No puedes simplemente..."

"Lo sé."

Ella se da la vuelta, a punto de irse, pero la mano de él la rodea. Esta vez, su tacto no es frío. Es cálido. Casi vivo.

"Nadia."

Ella lo mira. Realmente lo mira. Las líneas alrededor de sus ojos, las sombras bajo sus pómulos, la forma en que la mira como si ella fuera lo único que aún lo ataba a este mundo.

"No puedo darte un futuro", dice en voz baja. "Pero estoy aquí. Ahora. Si quieres que esté".

"Eso no es suficiente."

"Lo sé."

Pero ella no retira la mano.

Se besan la víspera de Halloween. Samhain. La leyenda dice que la frontera entre los mundos es tenue. Quizás sea cierto. Quizás por eso sus labios no se sienten como sombras, sino como carne. Por qué sus manos, deslizándose por su espalda, dejan una marca. Por qué ella puede sentirlo, sentirlo de verdad, como si estuviera vivo.

Hacen el amor en la cama de su habitación. Lentamente. Con cuidado. Como si el mundo fuera de cristal y pudiera romperse al más mínimo movimiento en falso. Él tiembla bajo sus manos, y ella comprende que no es el frío lo que lo hace temblar. Es el miedo. El miedo de que esta sea la única vez. Que esa mañana se lleve todo lo que la noche les ha dado.

Pero ella no lo deja desaparecer. Lo abraza fuerte. Sus manos en su cabello, sus piernas alrededor de sus caderas, su aliento contra su oído.

"Quédate", susurra.

Y se queda.

Sigue ahí por la mañana. No como un fantasma. Como un hombre. Su piel es cálida contra la de ella. No siente su latido, pero cree oírlo. Un latido débil e imposible.

"¿Cuánto tiempo tomará esto?"

"No sé."

"¿Horas? ¿Días?"

"No lo sé, Nadia."

Ella lo besa de todos modos. Porque no importa. En realidad, no. Lo que importa es que él está aquí. Que ella puede sentirlo. Que la imposibilidad entre ellos ya no tiene cabida, ni ahora, ni en este momento.

La transformación dura tres días. Luego, el frío empieza a volver. Primero en las yemas de los dedos. Luego en las manos. Luego en todo el cuerpo.

Él no llora. Pero ella lo ve en sus ojos. El miedo de verlo diferente ahora. El dolor por lo que se está perdiendo.

—Está bien —dice Nadia tomando su mano fría.

"Pero..."

—Está bien. —Lo acerca más—. Me quedaré.

No empaca sus cosas. Se queda. Porque rendirse sería como traicionarlo. A él. A sí misma. Porque tres días le han demostrado lo que es posible, y eso es más de lo que jamás soñó.

Encuentran un ritmo. Viven uno junto al otro. Ella en el mundo de los vivos, él en el intermedio. Pero hay momentos, cuando la luna está llena, cuando la noche es lo suficientemente tranquila, cuando ambos desean lo que no pueden tener, cuando los límites se difuminan. Entonces ella puede tomar su mano. Entonces él puede sentir su aliento.

No es suficiente. Nunca será suficiente.

Pero es algo.

Y a veces es más de lo que el mundo da a la mayoría de la gente.

En junio, cuando el sol calienta las calles y las ventanas de la casa vuelven a brillar, Nadia se sienta en su escritorio y escribe las últimas páginas de su tesis. Theo está de pie detrás de ella, con las manos apoyadas en el respaldo de su silla. Ella lo siente. No como frialdad. Como presencia.

"Gracias", dice ella en voz baja.

"¿Para qué?"

"Que esperabas."

Él no responde. Pero su mano se desliza sobre su hombro. Una caricia que se siente casi cálida. Casi viva.

Y eso es suficiente.

Por ahora.

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