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Narrabelle – Stories of Love

Artículo: Tocado por la noche

Tocado por la noche
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Cierra los ojos y comienza a soñar.

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El insomnio llegó a rachas. Durante tres semanas, desde el día en que recibió su notificación de despido en su escritorio. Desde que su mejor amiga le dijo que necesitaba espacio. Desde que el silencio en su apartamento se había vuelto tan denso que Lena se preguntaba si podría ahogarse en él.

Estaba de pie junto a la ventana, con la frente contra el frío cristal. Afuera, la ciudad era un mar de luz fría: farolas, faros de coches, las pantallas azules en las ventanas de enfrente. Berlín en noviembre. La luna colgaba pesada e indiferente sobre los tejados.

Y luego estaba ese sentimiento.

No llegó de repente. Fue más bien como algo que se espesaba lentamente en el espacio detrás de ella. Una presencia silenciosa, pero que hacía el aire más pesado. Lena contuvo la respiración. El pulso le latía con fuerza en la garganta.

Ella no se dio la vuelta.

"Has vuelto otra vez", dijo suavemente en la oscuridad de su sala de estar.

La respuesta no llegó en forma de voz. Llegó como una temperatura. El frío retrocedió. Las sombras en la pared se movieron sin que la luz cambiara. Y entonces, como si alguien hubiera cruzado una puerta que nunca había estado allí, él estaba.

No era una figura. En realidad, no. Era más bien una condensación de la noche misma. Cuando lo miraba, sus contornos se difuminaban; cuando apartaba la mirada, era más agudo que cualquier otra cosa en la habitación. Su voz era profunda, ronca, como un eco demasiado cercano.

"Me llamaste."

—No —dijo Lena, pero su voz temblaba.

—Sí. —Una pausa—. Llamas todas las noches.

Presionó las palmas de las manos contra el cristal de la ventana. El frío la ayudó. La ayudó a recordar que estaba despierta. Que esto, fuera lo que fuese, era real. O lo suficientemente real.

"No sé qué eres", susurró.

"No tienes por qué hacerlo."

"No quiero estar loco."

—No estás loca. —Su voz se acercó. No más fuerte. Más cerca. Como si le hablara desde dentro, a través de sus costillas—. Estás sola. Eso es diferente.

Lena tragó saliva. Tenía la garganta seca.

"¿Qué quieres de mí?"

"Nada que no quieras darme."

"Eso no es una respuesta."

—Sí. —Un movimiento entre las sombras—. Es la única respuesta que importa.

Se giró lentamente. La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas, cortando la habitación en frías franjas. Y allí, entre el sofá y la estantería, estaba él. Más que una sombra ahora. Casi una silueta. Ancho de hombros. Inmóvil como una piedra. Pero sus ojos, si es que eran ojos, no brillaban. Absorbían. Negros como la tinta.

¿Por qué sólo vienes de noche?

"Porque sólo me dejas por la noche."

Eso la golpeó más fuerte de lo que esperaba. Retrocedió un paso. Su espalda rozó el cristal de la ventana. Frío. Fuerte. Real.

"No te dejaré..."

—Lena. —Su nombre sonó diferente en sus labios. Como un secreto que nunca se había contado—. Si hubieras querido que me fuera, ya me habría ido hace mucho.

Sus dedos se aferraron a la tela de la cortina. Seda negra. Suave y fresca como el agua.

"¿Qué vas a?"

"Algo que escucha."

"¿Un demonio?"

"Si quieres creer eso."

"¿Un espíritu guardián?"

"Si eso es más fácil para ti."

Ella rió, una risa corta y entrecortada. "No me estás dando ninguna respuesta".

"Sólo te daré la verdad que puedas soportar."

El aire entre ellas estaba cargado. Eléctrico. Lena sintió que su corazón se ralentizaba, aunque no debería. Su respiración se hizo más profunda. El miedo seguía ahí, pero no estaba sola. Había algo más debajo. Algo que no quería nombrar.

"Tienes reglas", dijo. Sin duda.

"Sí."

"¿Cual?"

Se movió. No como una persona. Más bien como humo, reorganizándose. De repente, estaba más cerca. A solo dos metros. Lo suficientemente cerca como para que ella pudiera ver si la luz de la luna lo atravesaba o no. No lo recordaba.

"No tomaré nada que no me des voluntariamente."

"¿Y qué quieres llevar?"

"Tu soledad."

Se le hizo un nudo en la garganta. "Eso no tiene sentido".

"Lo llevas como una segunda piel. Te pesa. Puedo aligerarlo."

"¿Cómo?"

"Al compartirlos contigo."

Lena negó con la cabeza. "Eso suena..."

"¿Imposible?" Su voz era más suave ahora. Casi tierna. "Estás en tu sala hablando con una figura sombría. Imposible es relativo."

Una sonrisa ardía en su pecho. Ella la reprimió.

"¿Cual es el precio?"

"Confianza."

"¿En ti?"

"Dentro de ti mismo."

El silencio que siguió fue denso. Lena oyó su propia respiración. Oyó el tictac del reloj en la cocina. Oyó el tenue zumbido de la ciudad afuera.

—Tengo miedo —dijo finalmente. Las palabras salieron espontáneamente.

"Lo sé."

"Tengo miedo de quererte."

"Lo sé."

"Y tengo miedo de perderme si te deseo."

Él se movió de nuevo, y esta vez se acercó tanto que ella debería haber retrocedido. Pero no lo hizo. Se quedó quieta. Con la espalda contra el cristal. El pulso latiéndole con fuerza en los oídos.

"No puedes perderte, Lena. Solo puedes encontrarte a ti misma."

"Eso es un cliché."

"Los clichés son simplemente verdades que se han repetido con demasiada frecuencia".

Ella rió de nuevo. Esta vez sonó más genuina.

"¿Puedes tocarme?"

La pregunta la sorprendió incluso a ella. Pero no se retractó.

"¿Quieres que lo haga?"

"No sé."

"Entonces no."

Sintió una opresión en el pecho. "¿Por qué no?"

"Porque el querer no tiene dudas."

"Eso no es justo."

"No estoy aquí para ser justo. Estoy aquí para estar allí".

Lena tragó saliva. Sus dedos soltaron la cortina. Dejó caer los brazos. Tenía las palmas húmedas.

"¿Qué pasa si digo que sí?"

"Entonces te tocaré."

"¿Y luego?"

"Entonces ya no estarás tan solo."

"¿Por cuánto tiempo?"

"Mientras me llames."

Cerró los ojos. La luz de la luna ardía a través de sus párpados. Roja y dorada.

"¿Y si me detengo?"

"Entonces me iré."

"¿Así de simple?"

"Tan simple."

Abrió los ojos. Él seguía allí. Más cerca ahora. Tan cerca que podía sentir el frío de su presencia en la piel, pero no era un frío desagradable. Era como el primer chapuzón en agua fría en verano. Impactante. Vivo.

"Dijiste que no tomarías nada."

"Eso es correcto."

"Pero me quitas la soledad."

"No. Yo los transformo."

"¿En qué?"

"En algo que puedas soportar."

Lena respiró hondo. Sus pulmones se llenaron del aire fresco de la habitación y de algo más. Algo que olía a lluvia. A tierra. A la noche misma.

“Lo quiero”, dijo ella.

"¿Qué deseas?"

"Que me toques."

"¿Está seguro?"

—No —se le quebró la voz—. Pero aun así lo quiero.

Él no se movió. Pero las sombras sí. Rodaron por el suelo como niebla, subiendo por sus piernas. Frescas. Suaves. Como seda rozando la piel desnuda. Lena jadeó, pero no retrocedió.

Las sombras le llegaban a la cintura. A las costillas. A los hombros. La envolvían como un manto. Como un abrazo. Como una promesa.

"Respira", dijo.

Lo hizo. Una vez. Dos veces. Las sombras se movían con ella. Al ritmo de su respiración. Al ritmo de sus latidos.

"Puedo sentirte", susurró.

"Lo sé."

"Tienes frío."

"Sólo al principio."

Y era cierto. El frío retrocedió. Lentamente. Se transformó en algo más. Algo cálido. Algo que se sentía como...

“Como seguridad”, dijo en voz alta.

"Sí."

Las lágrimas ardían en sus ojos. No parpadeó para contenerlas.

"¿Por qué esto se siente tan bien?"

"Porque finalmente lo permites."

"¿Qué permito?"

"Que alguien te esté reteniendo."

Le flaquearon las rodillas. Se deslizó lentamente hasta el suelo. Las sombras la llevaron. Suavemente. Segura. Ahora estaba sentada en el fresco suelo de madera, con la espalda contra la pared, envuelta en una oscuridad que parecía cálida.

"No entiendo qué está pasando aquí."

"No tienes por qué hacerlo."

"No estoy seguro de si eso es real."

"Es bastante real."

Cerró los ojos. Las lágrimas fluían libremente, calientes contra sus mejillas frías.

"He perdido mucho."

"Lo sé."

"No sé cómo seguir."

"No tienes que saberlo todo. Sólo tienes que tomar la siguiente respiración."

Ella lo hizo. Una vez. Dos veces. Tres veces.

Las sombras la sujetaban. Fuertemente. Pero no constreñida. Podía moverse si quería. Pero no quería.

"¿Cuánto tiempo puedes quedarte?"

"Mientras me necesites."

"¿Y si siempre te necesito?"

"Entonces siempre estaré aquí."

"Esto no es posible."

"Para ti, sí."

Abrió los ojos. La luz de la luna era diferente ahora. Más suave. Más dorada. Como si la noche misma hubiera cambiado.

"Tengo miedo de ti."

"Eso es inteligente."

"Pero tengo más miedo de volver a estar sola".

"No estás solo."

"Ahora no. ¿Pero mañana?"

"Me llamarás de nuevo mañana."

"¿Y si no lo hago?"

"Entonces no vendré."

"¿Así de simple?"

"Tan simple."

Lena se rió, y esta vez no fue una risa amarga. Fue silenciosa. Casi tierna.

"Eres extraño."

"Tú también."

"Me gustas."

"Lo sé."

"Eso suena arrogante."

"Eso es seguro."

Apoyó la cabeza contra la pared. Las sombras le acariciaban los brazos. Las mejillas. El pelo. Parecían manos. Manos cálidas y vivas.

"¿Puedes besarme?"

Las sombras se detuvieron. Por un instante.

"¿Quieres eso?"

"Sí."

"¿Está seguro?"

"Sí."

"¿Por qué?"

"Porque quiero saber si eres real."

"Soy tan real como me dejes ser."

"Eso no es una respuesta."

"Sí. Es la única respuesta que importa."

Lena abrió los ojos. Él estaba justo frente a ella. Ya no era solo una sombra. Casi humano. Un rostro que no podía comprender, pero que aun así vio. Ojos tan oscuros que absorbían toda la luz. Una boca que parecía una promesa.

"Bésame", dijo ella.

"Si lo hago, nunca me olvidarás."

"Bien."

Él sonrió. Ella no lo vio, lo sintió. Como un temblor en el aire.

Y luego se inclinó hacia delante.

Su boca estaba fría. Luego tibia. Luego caliente. Sabía a lluvia. A humo. A la noche misma. Lena jadeó contra sus labios, y las sombras a su alrededor se tensaron. Pero no amenazantemente. Protectoramente.

El beso no fue un robo. Fue un compartir. Una pregunta y una respuesta a la vez. Fue suave, pero debajo yacía una intensidad que la estremeció. La certeza de que ese momento la cambió. De que después de ese beso nunca volvería a ser la misma.

Ella tembló cuando él se retiró.

¿Qué me hiciste?

"Nada que no quisieras."

"Me siento diferente."

"Eso es bueno."

"Me siento más ligero."

"Dije que soportaría tu soledad."

"¿Los estás usando ahora?"

"Lo llevamos los dos. Juntos."

Las lágrimas volvieron a fluir. Pero ya no eran amargas. Eran de alivio. Un alivio puro y puro.

"Gracias", susurró.

"No tienes que agradecerme."

"Sí. Tengo que hacerlo."

Le tocó la mejilla, la tocó de verdad. Su mano era firme. Cálida. Real.

Eres más fuerte de lo que crees, Lena.

"Lo dudo."

"Yo no."

Ella se inclinó ante su toque. Cerró los ojos. Respiró.

"Quédate un poco más."

"Por el tiempo que quieras."

"¿Hasta que llegue la mañana?"

"Hasta que llegue la mañana."

Y se quedó.

Las sombras la retuvieron. La noche la envolvió. Y por primera vez en semanas, en meses, Lena no sintió que se ahogaba.

Ella se sintió apoyada.

La mañana llegó lentamente. La luz se filtraba por las cortinas. Gris. Luego plateada. Luego dorada.

Lena abrió los ojos. Estaba tumbada en el suelo, con una manta encima que no recordaba haber recibido. El apartamento estaba en silencio. Vacío.

Pero no solo.

Se incorporó. Le dolía un poco el cuerpo, pero eran dolores agradables. Los dolores de quien por fin se ha dormido.

Una pluma negra yacía en el alféizar de la ventana. No estaba allí cuando se quedó dormida.

Lena se levantó. Recogió la pluma. Era suave. Ligera. Y cuando la levantó a contraluz, brilló con un azul oscuro. Como la noche misma.

Ella sonrió.

"Nos vemos esta noche", susurró en el tranquilo apartamento.

Y en algún lugar, en las sombras donde la luz del día aún no había llegado, susurró:

"Hasta esta noche."

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